Esta es una rabieta. Aviso. Leo con decepción, que no con sorpresa, una noticia acerca de una denuncia hacia la editorial que publica los álbumes de Tintín, en concreto, hacia “Tintín en el Congo”. No es la primera vez que noticias como esta surgen, e ignoro cómo de en serio va el tema, en esta ocasión. La historia es la de siempre, ciudadano congoleño que denuncia por considerarla una obra con contenidos racistas y propaganda colonial. Y en realidad, no deja de ser cierto... claro que si consideramos el año de publicación del volumen (1930), y sobretodo, que se trata de una obra de ficción, podemos concluir que hacer semejante denuncia es de idiotas.
Releído miles de veces!!
Pero al margen de que un imbécil que se la coge con papel de fumar y tiene demasiadas ganas de figurar, como es el denunciante, hay algo más allá de esta noticia. Lo preocupante del asunto es no es que alguien se irrite por semejante tontería (puestos en esa tesitura, la de obras, libros o películas tendríamos que retirar), sino que un tribunal llegue a admitirlo a trámite. Y todavía más, la creciente corriente imperante de lo políticamente correcto que esconde una realidad que asusta: la censura.
Sí, queridos y queridas, la censura ha vuelto, si es que en alguna ocasión se fue. Y por supuesto, no es un hecho aislado de un país lejano. Aquí mismo, en nuestra propia casa, también existe. Como muestra, el famoso secuestro de la portada de El Jueves, hace bien poquito. Ese no es sino un ejemplo. Hay muchos más, claro. Yo creo que todas las opiniones, por desagradables que sean, se tendrían que poder expresar (¿quién marca el límite? ¿qué es lo “desagradable”?). Quizás con la excepción de aquello que pueda dañar a los niños. Porque suficiente tenemos con un fenómeno aún peor, la autocensura que se practica en todo aquello que pueda tener un fin comercial, para que nadie del público potencial se pueda sentir ofendido, como para que encima se practique a un nivel estatal o judicial.

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